Algo de mí

Personal

Voy a hablar algo de mí.
No toda la vida fuí fotógrafo. Lejos de serlo. Es lo que hago hoy y ahora, y no sé que puede venir más adelante.

Pero de alguna manera hoy estoy sentado pensando en eso y como ciertas cosas me llevaron a ésto. Algo que disfruto terriblemente, hoy y ahora.

Desde hace un tiempo vengo leyendo y escuchando quejas sobre despidos injustificados, otros que parecieran serlo, gente que ha perdido algunos beneficios, otros que los han ganado y así. Pareciera ser todo una balanza en esta vida.

Hoy al levantarme me puse a pensar en eso y en toda mi vida. Pasé por demasiados trabajos. Desde mis 15 años trabajo. Y jamás me quejé sobre alguno más de lo cotidiano.

Comencé picando hielo en barra y sirviendo bebidas en el boliche bailable de mi tío. Para mí, amante de la música, no hubo un boliche que sonara tan bien como ése. Eso lo hice durante los últimos años de mi secundaria, todos los días sábados: mientras mis compañeros de colegio del pueblo iban a bailar, yo los atendía, y a veces pedía permiso para bailar uno o dos temas. Y volvía hasta el final de noche a limpiar la barra. Ese olor particular no se me olvida jamás.

Después me tocó mudarme a Córdoba, donde muchos de nosotros terminábamos estudiando. Comencé la carrera de Periodismo pero duré poco tiempo porque mis padres ya no nos podían mantener y debíamos buscar trabajo.

Un 23 de Mayo salí a buscar trabajo. Recuerdo que me presenté en plena peatonal en lo que era totalmente desconocido para mí hasta ese entonces: hacer cola junto a desconocidos que con el diario en la mano iban marcando posibilidades. Eramos muchísimos. Debíamos subir una escalera negra y en un piso lleno de mesas, inundado de luz y calma tuve la entrevista con Marcelo. Y le dije la verdad: que no tenía experiencia pero que podía aprender.

El día 24 de Mayo comencé a trabajar. Atrás de la barra, sirviendo jugos de naranjas exprimidas y bebidas sin alcohol. Ahí fué por primera vez que escuché a Seal y a Crandberries. Y me dije: “esta es la música que quiero escuchar siempre”

De servir bebidas pasé a atención al cliente en poco tiempo ya estaba atendiendo un nuevo local en un shopping recien inaugurado. Ahí nomás su dueña, Silvia, me encomendó que me encargue de la “gráfica” del local: dibujaba cada cartelito de precios y su detalle, con dibujos alusivos hechos con Rotrings de colores. El estilo y la gráfica actual que veo en muchos locales de moda en el día de hoy me recuerdan a esos tiempos. Lo hacía porque lo disfrutaba.

Un año duré ahí. Exactamente. Renuncié un 25 de Mayo porque una nueva ooportunidad se presentaba ante mí: una clienta habitué, Soledad, me ofrecía presentarme a trabajar a un AFJP. Con miedo, y sin experiencia de estudios o trabajos calificados me postulé y quedé como asesor previsional. Fué hermoso usar traje, corbata y llenar documentación. Conocí mucha gente con la cual charlábamos de la vida mientras trataba de cerrar el trato. Viajé a Salta, conocí caminos hermosos y fué algo que ese trabajo me regaló.

Me despidieron un año después, o dos. Sin causa y con la amenaza de que figuraría en una misteriosa lista negra si les hacía algún tipo de reclamo y que jamás conseguiría trabajo de nuevo. Firmé y me fuí. Al Gordo Cárdenas nunca más lo ví.

No hubo resentimiento, no hubo enojo. No hubo reclamos ni gritos ni cortes de calle. Sólo hubo un llamado a mi madre para contarle la situación y escuchar la frase: “Ya va a aparecer algo, hay que tener fé.” Cosas que dicen las madres no? Bah… supongo, al menos la mía lo dijo muchas veces.

Y así fué mi vida en Córdoba.

Pasé de eso a atención al cliente de una nueva tecnología que eran los celulares, gané plata, me convertí en experto de atención al cliente, me pusieron a capacitar gente, mi supervisora no me firmó jamás los pases a otra áreas, me enojé, putée, pero hacía mi trabajo, me terminaron “despidiendo” y me pagaron una indeminazación de 6000 pesos en ese momento. En un cheque. La primera vez que veía un cheque por tanto dinero.

En ese momento aprendí lo que llamé más tarde “Los que tienen el Poder del No”

No hubo enojo, no hubo reclamos. No hubo corte de callles ni puteadas. Hubo sí abrazos y saludos cada vez que me cruzaba con alguno de mis viejos supervisores en la calle, incluso con la Aldecoa que jamás me había firmado los pases.

Fuí y me compré una computadora. La primera de mi vida. Una iMac. El primer modelo. La verde agua. Y no sabía siquiera como se encendía. Y comencé a investigar y decidí que quería hacer algo de diseño. Aún recuerdo el verde manzana de fondo que usé para diseñar mis propias tarjetas personales. Mi nombre completo estaba escrito en Helvetica en negro pleno y todo junto: LisandroMoisésEnrique, sólo que Moisés, estaba destacado en “bold”.

Nunca las hice.

Tuve que dejar del departamento, no podía pagarlo más ni tampoco llenar la heladera como lo hacía con el excelente sueldo que tenía antes. Todo eso había desaparecido. Me fuí de ahí dejando una heladera en forma de pago por lo adeudado. Me fuí por unos días a una casa de alguien que me dió alojamiento.

No hubo enojo. Era lo que me tocaba transitar.

Busqué trabajo y sólo conseguí a la vuelta de donde vivía trabajo como “diseñador” en una pequeña gráfica y fotocopiadora. Cristian me ofrecía un empleo de lujo: usando mi propia computadora, podía diseñar panfletos para carnicerías y pizzerías de la zona, comer ahí y también dormir en el suelo en un colchón que él mismo me proveía. Eso sí, a las 7de la mañana arriba. Había que correr las cortinas del local y comenzar a recibir los clientes. El pago era la comida, que variaba entre arroz con caballa – el atún era caro y Silvia la novia del dueño manejaba las finanzas – y polenta o fideos.

Y así estuve un tiempo. Con un compañero que me enseñaba cosas de diseño y gráfica que venía del sur, de la tierra de lo pingüinos y los vientos. Él sí tenía experiencia en diseño porque había trabajado en diarios locales. Era hijo de desaparecidos. Bah, su madre en realidad, porque su padre había “desaparecido” pero apareció cuando tenía 15 o 16 años a decirle “Hola, soy tu padre, y estoy vivo”.

Ese fué mi primer contacto con esta parte de la Historia.

De ahí me fuí, quien sabe donde. Sólo sé que quise dejar algo que ya no me parecía justo. No hubo enojo, ni crisis, ni llantos, ni patadas. Sólo una anécdota más en mi vida que me sirvió para aprender muchas cosas.

Desde ese momento hasta hoy pasaron muchísimos trabajos, incluso hubo momentos que no los tuve y tampoco tuve donde vivir o dormir. Recuerdo una noche sentarme frente a la Catedral en un banco de la plaza y llorar pensando si ese sería lo que me esperaba.

Lo que hice fué juntar fuerzas y seguir buscando. Una cosa siempre lleva a la otra, y lo que nos espera, nunca lo sabemos.

Cobrador de deuda para Aguas Cordobesas, vendedor de Celulares, vendedor de telas de tapicería, diseñador freelance, atención al cliente, responsable de sucursales, administrativo en una Ferretería, vendedor de tecnología, atención el cliente telefónico, y tantos otros más. De todos aprendí.

Nunca pude estudiar. Estaba demasiado ocupado en sobrevivir, a la vida y otras tantas cosas. Y no es justificación, pero jamás me victimicé, ni siquiera cuando ya no daba más. No hubo queja. No hubo cortes de calle. Ni siquiera cuando no tenía llaves en los bolsillos de algún lugar al que podría llamar “casa”.

Sólo me levanté, y seguí. Adelante. “Algo va a aparecer, tenes que tener fé”.

Con el enorme peso de jamás haber estudiado encima, de no tener un título universitario a mis espaldas, me costaba aceptar ciertas cosas, hasta que mi querido amigo Gabriel me ofreció la oportunidad de presentarme en LA agencia de publicidad de Córdoba por esos entonces. Busqué la manera sutil de decirle que no, que no creía que ese trabajo era para mí, pero me convenció y fuí a la entrevista con Daniel. Mi verguenza era tal que llevé una carpetita con algunos trabajos impresos y en un momento, luego de una charla cordial me animé y me sinceré antes que llegara la pregunta a la que más le temía en la vida: ¿Donde estudiaste y con quien?

– “Yo no estudié nunca, mil disculpas, esto es lo que sé hacer, no entiendo muchas cosas, quizás yo se algunas cosas con algunas palabras, y vos las sabes con otras, pero mil disculpas, vine porque Gabriel me insistió.”

– “Esto es lo que yo estaba buscando, alguien exactamente como yo, que no tenga estudios”

Ahí aprendí otra gran lección, la que llamé “Los que tienen el Poder del Sí”

Fué un tiempo maravilloso. En un embiente increíble. Me fuí porque no se cumplieron ciertas partes del “contrato”. No recibía la paga que creía merecer y eran demasiadas horas en un ritmo que jamas era certero. El ambiente publicitario es así, sabes a que hora entrás, pero no sabes a que hora salís.

No hubo enojo, ni gritos ni puteadas. No hubo nada de eso. Sólo mi queja y descontento formal entre mis compañeros.

Y me fuí a otra empresa del rubro que me ofrecía un poquitín mas de plata pero un horario de salida todos los días. Y también fué hermoso. Y aprendí muchísimas cosas. Y cuando sentí que no se cumplían ciertas condiciones, o yo ya no era lo suficientemente útil, le dije a mi jefe que me iba. Sin un peso. Sin otro trabajo. Sin otro cliente.

“Algo va a aparecer, vos siempre tenes suerte”, me lo dijo esta vez “el Dani”, el esposo de Marcela que alguna vez me dieron casa y comida cuando no lo tuve.

Y apareció un cliente que necesitaba diseño. Y luego otro, y otro. Y un día mi mejor amiga me dijo “Yo te presto la plata para la cámara, tenés que aprender a aceptar y recibir”. Y mi otra amiga Pato, me dijo: “Claro amigo, tenemos que aprender a recibir ayuda”

Y luego apreció “la Juli” y mi primer trabajo de 15 Años cuando no sabía ni siquiera como hacer una Fiesta de 15 Años – esa anécdota es divertida y hermosa. Y hoy estoy aquí.

En esta resumidísima historia de mi vida. No hubo quejas. No hubo cortes de calles. No existió hecharle la culpa a otros por lo que me tocaba vivir.

Todas las veces me levanté y seguí. Con más, con menos, pero seguí. Algunos días triste, otros días alegres, pero seguí trabajando todos los días desde los 15 años.

Y he tenido muchas satisfacciones eh! Y mirá que soy quejón, y malhumorado y me gustan las mañanas silenciosas. Pero también disfruto, lo que me toca.

Ha sido justa la vida conmigo? Claro que sí. Fué injusta la vida conmigo? Jamás. ¿Es injusta la vida? No puedo saberlo hoy, no tengo respuesta a eso: no parece ser justo que un bebé no llegue a tiempo, que se muera gente de hambre, que haya abusos, que no haya Justicia, y que haya tantas y tantas historias más sin escuchar o leer.

¿Es justo que alguien se quede sin trabajo? Y… no lo sé. Yo hablo por mí. Yo me quedé sin trabajo decenas de veces, pero decenas de veces me levanté y seguí buscando y trabajé – literalmente – por la comida. Durmiendo en el piso. ¿Hice un escándalo? No. ¿Pedí algún trabajo de arriba a algun familiar cercano político? No. Simplemente me levanté porque mis dos piernas aún siguen fuertes y busqué trabajo. En lo que sea, porque una cosa lleva a la otra. Siempre.

Y hoy hago esto: fotografía. Pero no sé si lo haré el resto de mi vida. No lo sé. Lo disfruto hoy y ahora. Y no me quejo si hay menos trabajo porque hay cada día más fotógrafos. Me adapto, aprendo, sigo. No me quejo y publico en cuanto medio sea posible que todo esto se va al carajo y que la culpa es de quienes eligieron lo que eligieron. No lo hago. Simplemente me levanto todos los días, saludo y hago lo que tengo que hacer: algunos días con más cosas para hacer, y otros días con menos, pero siempre hago. No me quejo. No grito. No hecho culpas. No pataleo. No me burlo. No disfruto de la desgracia ajena. Simplemente no está en mi ser. No es parte de mí.

Trabajo. Desde los 15 años.

Y no necesito una hinchada que me aplauda por eso. No falté a mi trabajo para ir a aplaudir a alguien – aunque reconozco que falté un par de veces por presentaciones de Steve Jobs, pero seguía trabajando desde casa.

Trabajo. Eso hago. No corto calles, no hago escándalos ni pataleo. Y cuando algún día no tenga clientes o ya a nadie le guste lo que hago, no voy a culpar a mis colegas o a la competencia por sus precios o formas, simplemente veré que hacer porque entre ese chico de 15 años al que se le pegaban los dedos en el hielo hasta el hombre de hoy, han pasado muchas cosas, pero el orgullo de ser un ser humano independiente es más fuerte que cualquier otra cosa, y eso hace que me pare y siga todos los días, como tantos otros que tienen millones de cosas más por las que seguir adelante.

En esto pensaba hoy al despertarme. Sólo veo quejas, gritos y pataleos. Gente que debería estar haciendo algo algo productivo, prefiere estar haciendo eso.

Mis padres no tienen gran Educación. Pero sí conocimiento. Y mi madre en particular jamás permitiría que me queje más de lo necesario: un par de gritos y a seguir. Pero ché! Ponete a hacer algo!

A muchos creo que les falta un chirlo, verbal aunque sea. Menos quejas, más hacer. Y hay mucho para hacer todavía.

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