El precio de la Infidelidad… A sí mismo
Venía paseando con las perras, atravesando uno de los pocos caminos internos que tiene el Parque Las Heras, veía jugar al fútbol en una ancha de cemento a un grupo y más arriba a otros que armaron su improvisada cancha en el mismo parque en si. Ésta a diferencia de la anterior tenía tierra por doquier, era mas ” a la que te criaste” pero tenían algo en común: hacían algo que les gustaba.
Y me acordé de un ex compañero de trabajo en la agencia de publicidad. Mi amigo y compañero ( se sentaba a mi lado ) era una persona muy particular una de las razones quizás por las que nos llevábamos bien. Le gustaba mucho la música, tenía buen oído, tenía una banda de rock o algo así que jamás escuché pero me había comentado y además de ir a Yoga para calmar una enfermedad nerviosa – creo que era Psoriasis – y le gustaba fumar mucho marihuana. Creo que es la primera vez que escribo esta palabra en mi blog, tengo una fuerte aprensión a esas cosas al punto de que me cuesta nombrarlas a veces pero las acepto en la vida de otros.
Bueno, mi amigo N con el que me divertía mucho, también tenía mucha cultura general , había viajado y siempre teníamos algún tema para charlar, criticar, putear o reírnos. No porque yo haya viajado o tenga mucha cultura general, sino porque teníamos similares puntos de vista.
En una de esa charlas se planteó el tema de conversación que tenemos en reuniones, cumpleaños etc ya sea con amigos o con una mezcla de ellos. Siempre que vas al cumpleanos de alguien aparece una cara nueva de la cual no tenés el curriculm para saber de donde viene, que hace, que le gusta etc. Y N me comentaba que pensaba en la posibilidad de comenzar a interesarse por temas que hasta ahora no le habían interesado en lo mas mínimo.
Y no porque un día despertó y pensó ampliar aún más su espectro cultural o dialoguístico fiestero. Sino porque sentía que “quedaba fuera” de un selecto grupo de “selectas charlas” en reuniones de amigos.
Esa charlas eran casi siempre de “fútbol”. Casi todos, para no generalizar, cuando ingresan a un nuevvo trabajo la segunda pregunta que reciben si sos hombres es: de que equipo sos. Esa puede ser la pregunta que dependiendo la respuesta te puede abrir la puerta para un primer día fantástico y lleno de diálogos y bromas acerca de tu equipo favorito.
Pero N no tenía equipo favorito y me atrevo a decir que tampoco debía saber con cuantos jugadores de juega. Y está bien. No tiene porqué después de todo. Pero se plantea el dilema de comenzar a interesarse en esos temas desconocidos por él simplemente para no tener mas esa sensación y sentimiento de quedarse fuera de una conversación.
Hasta acá no tiene nada de malo. Lo malo estaba en que a mi amigo no le gusta el fútbol y por mas interés que le ponga no le iba a gustar. Así de sencillo.
Y hablamos e intercambiamos posturas sobre esto. Era como si en una reunión de viejos compañeros de la secundaria, 15 años después te reencontrás con ellos, están todos casados y con hijos en la escuela primaria y sólo hablan de sus experiencias como padres y lo mucho que te cambian la vida los hijos y que es lo mejor del mundo y los precios de los pañales y de cuánto sacrificaron como pareja el tenerlos y criarlos y las mejores formas y esto y aquello y se te cruce por la cabeza casarte al otro día y 9 meses después rogar que se haga un reunión nuevamente, llevar tu hijo, tu esposa y las experiencias como padre primerizo. Sólo por la sensación que tuviste 9 meses atrás de quedar fuera de una “selecta conversación” de salón.
Expuse mi punto de vista y me experiencia personal (siempre me gusta hablar de las cosas si tengo “experiencia” en situaciones similares para poder saber y ponerme en el lugar de la otra persona). Nunca me gustó el fútbol. Jamás. No fué de mi interés porque desde chico, desde que tengo memoria no me interesó en lo más mínimo. No lo jugué en la escuela o fuera de ella. Patear una pelota no tenía para mí el más mínimo sentido de lo creativo o inteligente.En mi casa no se veía fútbol y las únicas veces que sentía la “obligación” de verlo era en las vacaciones o fines de semana en la casa de mi tía Azucena en el campo. Ellos eran fanáticos del fútbol y las mujeres ni siquieras quedaban excluídas de esto. Mi prima Marcia, mi primo Pablo y mi tía eran de River y rivalizaban contra el esposo de mi tía por aquel entonces que era de Boca, más mi primo Sebastián que junto con el peón del campo de toda la vida, actual esposo de mi tía, apoyaban al equipo de la “mitad más uno”. Yo era el uníco que restaba los minutos para que los partidos terminaran. Y me daba mucha bronca cuando había minutos de descuento y todas esas trampas en partidos de fútbol.
Nunca me preocupé por entender el fútbol. Ni por mirarlo. Hasta que un día conocí a mi anterior pareja que era fanático declarado de Boca. La noche que lo conocí me pasó a buscar en su vieja Renoleta por una esquina, y nos fuimos a comer una pizza y tomar algo. Y me comentó de su fanatismo por su equipo al punto que se descomponía si perdía o faltaba por varios días a clases o al trabajo si Boca no conseguía los resultados deseados. Me parecía una pelotudez, lo pensé pero no se lo dije. Y fué ahí cuando hice algo que trataré que no se repita por el resto de mi vida: ser infiel a mí mismo.
Comencé a mostrar un falso interés por el fútbol, acrecentado cuando nos fuimos a vivir juntos y miraba los partidos y hacía preguntas sobre algo que jamás, en todas las células de mi creación no estaba destinado a gustarme o interesarme. Pero un día me planteé lo que estaba haciendo y de lo importante que es ser fiel a sí mismo y el precio que se puede pagar por hacer cosas de las cuales no estamos de acuerdo y chocan con nuestra moral, principios o línea de pensamiento.
En una salida al Nuevocentro, una noche de fin de semana, mientras cenábamos le comenté entre otras cosas que jamás me había gustado el fútbol. Que no lo entendía y que a apartir de ese día no lo iba a ver más, no iba a mostrar interés por algo que no me atraía en lo más mínimo y que volvería a “ser yo”. La cara de Guillermo no me la olvidaré jamás. Si le hubiese confesado una infidelidad, creo que su rostro no hubiese estado tan duro como con las palabras que acababan de salir de mi boca. Esa noche creo que volvieron sus descomposturas, su insomnio por la noche y tantas mañas más. Yo a partir de ése día comencé a descansar mejor.
Ya no tenía ése peso encima. Por más que uno no lo note, cuando te quitás algo de encima que no deberías llevar, notás la diferencia de habértelo quitado. Volvía a ser fiel a mí mismo. Y reordenaba mi cadena celular que por varios meses habían estado confundidas con comportamientos extraños. Ellas no habían sido creadas para eso. Y son las que desde lo más profundo de tu ser te “mandan” la información para hacer lo que realmente sentís y que te hace sentir bien.
Por eso nos volvemos irritables, de mal humor en muchas oportunidades o estamos tensos. Cuando somos infieles a sí mismos. Y pagamos un precio por eso. Es un precio que nos muestra que nada es gratis y que debemos hallar y hacer lo que realmente nos gusta, sin importar si todos a tu alrededor hacen lo opuesto. Es ser fiel a lo que sentimos y queremos. Y que en esa fidelidad aprendamos a aceptar al resto y si no nos aceptan, no será el fin de mundo y ya encontraremos quienes nos acepten como somos, los temas y charlas que nos interesan y los que no.
No recuerdo bien que conclusión sacamos de esa clarla con N, y mucho menos qué decisión tomó ese día. Lo que sí recuerdo es que no me cuestioné demasiado mi postura porque ya tenía varios años de experiencia detrás mío que me gritaban de lo profundo de mi ser: seguís vivo después de todo! no te moriste si no te interesabas en fútbol! tuviste muchos otros temas para hablar en reuniones!. Y esa es la recompensa. La de tu interior que te grita: bravo! por tu coraje, por ser como sos, por ser único, por conservarte como una unidad y un ser independiente y por serte fiel.
Quizás, en la cáscara de la superfialidad, en esta sociedad que cada vez amplía su espectro de charlas sin sentidos, banalidades y generalizas, lo importante siga siendo “ser y pertenecer” uniendo estas dos distantes palabras para hacernos creer que forman una sola. Y tan diferentes que son y tan distantes una de la otra al momento en que fueron creadas.
Prefiero ser. Yo mismo. No serme infiel a lo que siento, y si alguna vez cometo el error de hacerlo, tener el valor de aprender y reconocerlo y hablarlo. Y hacer algo al respecto. No está bueno estar haciendo algo por lo que todos los días nuestras células madres nos hablen desde el interior y nos digan: “porqué estamos haciendo esto?”.
Es un precio que prefiero no pagar. Son muchas más las cosas que podemos ganar siendo fieles a nosotros mismos que una simple, banal y generalizada charla de fútbol en tu primer día de trabajo.



lo dificil de ser infiel a uno mismo es mirarte a los ojos en el espejo. en ese momento no hay otros, solo vos. mantenes la mirada?
saludos
Yo tampoco valoro el futbol, no lo veo etc. pero si disfruto de una cosa… de las bromas que todos se gastan entre ellos, imagina, soy hincha de nadie, nada de lo que digas sobre el otro equipo me afecta, aún recuerdo cuando belgrano perdió 5 a 0 con talleres (15 años han pasado creo) y recorte un gran número 5 hecho con 4 hojas del suplemento deporte de ese lunes de la voz, lo pegue en la pared de Oscar un compañero y amigo de la agencia… la cara del tipo fue increíble jejeje nada de lo que dijo sobre futbol me afectaría así que tuvo que quedarse callado, y como era el diario de “hoy” pues no pudo leer el suplemento ajajajajaja.
Bueno li, te veo en el clásico, cerveza y queso de tus pagos. (obvio cuando traigas Hijo de…)
Sebin, como vas? Hace rato que nos debemos una juntada. Pero volviendo al tema, el Fútbol fué sólo parte de la anécdota pero mi intención era hablar de esto para ser aplicado a cada aspecto de la vida. A no hacer cosas que no son inherentes a nosotros si nos producen cuestionamientos internos.